Más allá de lo cómodo de sus asientos, la calidad del personal o de las múltiples restricciones de equipaje, minucias comparadas con el hecho de poder volar, por poco dinero a una gran parte del mundo. Me considero de la generación Ryanair, ésa que ha podido descubrir Londres, Berlín o París por apenas veinte euros, o que en un día, y por lo que cuestan unos pantalones, se puede permitir hacer una visita sorpresa a su familia tras seis meses sin darles un abrazo.
No os confundáis, volar no es un placer para mí, y después de una buena cantidad de tarjetas de embarque a mis espaldas, todavía se me aflojan las rodillas durante el despegue y el aterrizaje. Tampoco me paga Tony Ryan (fundador de la compañía), qué más quisiera. Simplemente me gusta viajar y es uno de los vicios que más placer (y cultura) me ha reportado. He ahí el porqué de este manifiesto.
Digo todo esto porque antes de ayer me quejaba por un retraso en el vuelo y entonces me di cuenta de que si no fuera por Ryanair una gran parte de mis mejores recuerdos se desvanecerían. Así que decidí cerrar la boca y celebrar con unas galletitas del dutty free que podía volver a casa.


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